La pantalla que no enciende: sin televisación, el fútbol femenino juega en la oscuridad
A siete años de la profesionalización, las desigualdades marcan la realidad de muchas futbolistas en Argentina. La falta de televisación y de inversión limita el crecimiento de la actividad. A partir del testimonio de periodistas especializadas, este reportaje explora cómo la visibilidad se convirtió en uno de los principales desafíos del deporte femenino.
Iliana Sagorsky y Antonella Fruhwald07 de agosto de 2026
Imagen: Partido de fútbol femenino. Crédito: Unsplash
Hay una imagen que resume mejor que cualquier estadística el lugar que ocupa el fútbol femenino en Argentina dentro del ecosistema deportivo del país. En un partido del ascenso no hay cámaras de televisión, cronistas ni transmisiones oficiales. Los espectadores llegan con sus propias reposeras porque no hay una tribuna habilitada para seguir el encuentro de cerca. Los árbitros suelen dirigir varios partidos en una misma jornada y los horarios pueden superponerse. El campo de juego presenta sectores sin césped y parches de tierra que evidencian las limitaciones de infraestructura. Mientras tanto, la difusión queda muchas veces en manos de los propios clubes, que intentan visibilizar la actividad con los recursos que tienen a disposición. Lejos de tratarse de hechos aislados, estas situaciones forman parte de una realidad cotidiana que refleja las desigualdades que aún atraviesa la rama femenina.
Quienes se acercan a disfrutar un partido de ascenso, se encuentran con un panorama distinto a los de primera división. Según el reglamento que establece la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), el club debe brindar gradas o tribunas con un mínimo de 250 espectadores con la correspondiente habilitación municipal o gubernamental. Esta resolución solamente se lleva a cabo en la máxima categoría ya que, en la segunda división, no está especificado en algún párrafo. Esto deja abierta la posibilidad a que los clubes no posean de esta misma y que las familias se vean obligadas a llevar su propio asiento o la posibilidad de quedarse de pie para presenciar el encuentro.
La incógnita es incómoda, pero resulta inevitable: ¿qué ocurre cuando un encuentro no trasciende más allá de quienes lo presenciaron? Dentro del escenario deportivo, la respuesta es clara: la invisibilización no responde a un caso puntual, sino que constituye el punto de partida de una red de inquietudes que se sostienen y profundizan entre sí. En ese circuito, la ausencia de transmisión ocupa un lugar central. Sin divulgación, la disciplina no accede a audiencias amplias; sin alcance, el interés comercial se diluye y las inversiones no llegan.
La inversión genera más visibilidad, con esto llegan los sponsors que, en muchas ocasiones, es un ingreso que ayuda a los clubes para poder mantener ciertas estructuras, como la edilicia. Sin este presupuesto, las canchas se deterioran y los cuerpos técnicos se achican, los salarios se estancan en números que no alcanzan para vivir. Y al suceder esto, las jugadoras buscan un segundo trabajo, y a veces un tercero, para sostener una carrera que en teoría ya accedió a la profesionalización.
La mirada de quienes siguen la disciplina desde hace años permite entender por qué la falta de notoriedad es uno de los principales obstáculos. Romina Sacher, periodista deportiva especializada en el tema con más de una década de experiencia, sostiene que: “Para mi el deporte no se vende bien. Hay dos caminos. Primero, que la plata no le sobra a nadie. Y segundo, que como no se lo conoce lo suficiente, no se comercializa como se debería”. Esta lógica genera un círculo difícil de romper: la escasa difusión limita el interés del público, la falta de audiencia desalienta la inversión y, como consecuencia, no se desarrollan estrategias de comunicación capaces de ampliar el alcance de la disciplina. Sin campañas sostenidas, presencia en los medios masivos ni estrategias que acerquen el producto a nuevos públicos, el crecimiento queda condicionado a un nicho de seguidores que ya conoce la actividad.
En 2022 y 2023, Candela Leiga, periodista de TNT Sports, vivió lo que denomina “los años gloriosos”: “El fútbol femenino tenía doce partidos por fin de semana. La TV Pública y DeporTV eran los únicos que transmitían”. La profesionalización, los derechos, la relación con la AFA y la cobertura televisiva parecían moverse en la misma dirección.
El punto de quiebre, según Leiga, tiene que ver con el cambio de gobierno. No es una lectura política sino una descripción de una consecuencia estructural: este dependía, en buena medida, de la decisión del Estado de sostener su cobertura. “Cayó mucho desde que comenzó hasta hoy. Para mí fue demasiado. Va a mejorar seguramente con el tiempo”, dice Leiga. Por contraparte, la situación actual tiene algunos matices, AFA Studio adquirió los derechos de la Liga de Naciones femenina y transmitió todos los partidos de la selección argentina, algo que Candela celebra como un avance concreto: “Eso sí es darle importancia y difusión”. Pero, al mismo tiempo, hay una parte negativa de ese logro: “AFA Studio es un canal de streaming. No es algo masivo como la televisión abierta”. Llega a quien ya sabe de su existencia y lo busca activamente.
Para Sacher, esa distinción es central: “El masculino te entra por todos lados. El femenino es una búsqueda”. En la vida cotidiana el primero existe sin esfuerzo, mientras que el segundo exige la decisión de ir a buscarlo. Micaela Garay, periodista de El Femenino, lo pone en términos aún más directos: “Invisibilizar el fútbol femenino fue una estrategia de muchos años. Y creo que el periodismo es una manera de luchar contra esa estrategia”. Para Garay, la ausencia no es descuido sino decisión. “No puedo pensar que no es meditado. Si no es una decisión, es un mal laburo”.
La falta de televisación no solo implica la ausencia de cámaras. También implica que, al haber transmisiones, las condiciones en las que se produce pueden sabotear el resultado antes de que empiece. Leiga lo ilustra con una situación que conoce de manera personal: partidos programados a las nueve de la mañana un martes. “¿Quién va a mirar un partido a las nueve de la mañana? No lo miraba nadie, no tenía rating. Y ahí es cuando los medios dicen que no rinde. Claro que no va a rendir si el partido se juega a esa hora un dia de semana. Es imposible.”
Garay coincide y va más lejos: “Debería ser como el masculino: el sábado a las cinco de la tarde en el estadio, y que pueda acceder toda las personas que quieran. No llenan la tribuna, no pasa nada, pero todo el que quiera ir, va. A partir de ahí, no puede ser un jueves a las nueve de la mañana.” Y señala una consecuencia que pocas veces se menciona: los horarios imposibles no solo alejan al público, sino que también perjudican a las propias deportistas, ya que muchas deben tener un trabajo extra para subsistir y deben faltar o reorganizar su jornada laboral para poder jugar. “Hay jugadoras que faltan al trabajo porque tienen partido a la mañana. En la organización de los torneos hay una gran desigualdad estructural.”
El argumento de que el deporte femenino “no rinde” en términos de audiencia se sostiene, muchas veces, sobre condiciones diseñadas para que no rinda. Los horarios inaccesibles, canchas alejadas, transmisiones que no se promocionan previamente. El círculo se cierra solo. La poca audiencia lleva a menos inversión y por consiguiente que las condiciones no sean las mejores para la audiencia. Leiga propone programar los partidos del femenino como previa a los encuentros del masculino. “Cuando el femenino se jugaba en la previa de los partidos del masculino, la gente sabía mucho más. El hincha que va a la cancha llega una o dos horas antes. Si sabe que ya juega el equipo femenino de su club, lo va a ver, porque es un día de cancha que va a vivir”.
La consecuencia más visible de la falta de televisación es la ausencia de sponsors. Y esto se traduce, de manera casi lineal, en todo lo demás: canchas en mal estado, logística improvisada, insuficiencia de árbitros y planteles que funcionan con recursos de categorías amateur en un contexto que se llama profesional. Sacher describe la situación como: “El fútbol femenino tiene una estructura independiente. Una vez que las tareas se hacen sobre voluntades, no hay manera de que eso funcione”. Leiga vivió situaciones más complicadas, como suspensión de partidos porque no llegaba la ambulancia, encuentros jugados sin cuarto árbitro, transmisiones realizadas desde plataformas improvisadas, entre otras.
En un contexto donde la televisación es limitada y los grandes medios todavía le destinan menos espacio que al masculino, las redes sociales se transformaron en una herramienta fundamental para la visibilidad de la disciplina. Aparecen clubes, periodistas especializados, fotógrafos, medios independientes y hasta las propias protagonistas, construyen una difusión que muchas veces no encuentran en los canales tradicionales.
Las tres entrevistadas coinciden en ese diagnóstico. Para Candela Leiga, gran parte de la presencia actual de la disciplina existe gracias al trabajo de quienes cubren la actividad en redes sociales y generan contenido de manera constante. Incluso sostiene que, sin esas plataformas, la comunicación sería prácticamente nula.
Micaela Garay también destaca el rol de las redes como una herramienta indispensable para acercar a las atletas al público, conocer sus historias y generar identificación con los equipos. Para la especialista, la relevancia comienza una vez que las futbolistas dejan de ser nombres desconocidos y pasan a formar parte de la vida cotidiana de los hinchas.
Romina Sacher, por su parte, remarca que las redes también abrieron nuevas oportunidades económicas para que muchas de ellas, hoy puedan construir una marca personal y vincularse directamente con sponsors. Sin embargo, advierte que ninguna estrategia digital puede reemplazar las estructuras que todavía faltan desarrollar dentro del deporte.
Lo que las redes sociales demostraron, en todo caso, es que la audiencia existe. Que hay personas dispuestas a buscar el contenido, a seguir cuentas especializadas, a mirar un streaming con una cámara con baja definición si es lo único disponible. La visibilidad no depende únicamente de que existan más transmisiones, sino de la construcción de un ecosistema de divulgación sostenido en el tiempo. Una estructura que contemple horarios accesibles para el público, escenarios adecuados para la competencia, una programación que permita seguir los partidos con regularidad y una presencia constante en los medios masivos de comunicación.
Porque el problema no es la falta de interés, sino la falta de oportunidades para que ese interés se transforme en hábito. Mientras eso no ocurra, la solución que nadie quiere asumir es la misma que señalan las tres voces consultadas desde distintos ángulos. Sacher apuesta a la creatividad del mercado y a explorar nuevas formas de vender lo que todavía no se ha intentado.
Leiga es más directa sobre lo estructural: sin intervención del Estado o de un canal de streaming con peso real, el círculo no se rompe. Garay, en cambio, pone el foco en la responsabilidad de los medios: “Los que viven del fútbol tienen que hacerse cargo. AFA puede hacer más, algunos clubes ya lo hacen, pero ahora necesitamos que quienes viven del negocio asuman su parte”. Y agrega algo que funciona como advertencia: “Los que le corren la cara hoy en algún momento van a llegar tarde para disfrutarlo”.
La cadena sigue en pie. Cada partido que no se transmite es un eslabón más que se pierde. Cada jugadora que toma tres colectivos para llegar a entrenar, que graba un video en la concentración porque necesita quien la patrocine, que juega en una cancha sin líneas marcadas frente a una tribuna de reposeras, es la prueba de que el derecho adquirido y las condiciones reales todavía no hablan el mismo idioma.
La pregunta es cuánto tiempo más deberá esperar una disciplina que hace años demostró que merece ser vista. Porque la desigualdad no empieza por la falta de dinero. Empieza cuando nadie mira. Y mientras la pantalla sigue apagada, cientos de historias seguirán en segundo plano.